Una historia de riqueza, traición y venganza en la Nueva España. Pero Lope Solapa, huérfano y arriero, se convierte en un poderoso comerciante y luego en un temido bandolero conocido como “Botín Rojo”, dejando un tesoro escondido cuyo paradero aún es un misterio.
Ancha, muy ancha, era la fama bien ganada del Real y Minas de Santa María de las Charcas —hoy simplemente Charcas—, célebre por la generosidad inagotable de sus vetas de plata y la riqueza y diversidad de su comercio.
Desde allí partían largas conductas cargadas de minerales, mercancías y riquezas hacia las Reales Cajas de San Luis, y otras aún más extensas cruzaban la vasta región, trayendo y llevando productos, noticias y rumores.
Arrieros chismosos y comerciantes viajaban incansables por las rutas del norte novohispano, haciendo del comercio una actividad cotidiana, vital, casi febril.Sin embargo, para 1720 el Real de Charcas había caído en gran descaecimiento y despoblación.
El agotamiento de las minas había llevado al éxodo de sus habitantes y a la decadencia económica.
Los religiosos del convento franciscano, sostenidos por limosnas, mantenían a tres pobres vecinos que exploraron en busca de nuevas vetas.
Y así, no sin esfuerzo, la bonanza regresó al Real. Nuevos descubrimientos mineros reactivaron la vida, repoblando la región y poniendo en movimiento de nuevo el comercio, el trueque, la vida de minas, ranchos y haciendas.
En ese ambiente bullicioso, plagado de mineros, artesanos, ganaderos, arrieros y demás trabajadores del camino, surgió la figura de un joven arriero llamado Pero Lope Solapa.
Huérfano desde niño, producto de la fatalidad de una epidemia que arrebató a sus padres, oriundos de Barcelona, Pero Lope quedó solo y vagó hasta convertirse en un experimentado conductor de mulas y mercancías.
Con apenas ocho o diez años, se había unido a una conducta, aprendiendo el oficio duro y peligroso de recorrer caminos agrestes, sorteando tempestades, bandidos y las vicisitudes del terreno.Serio, trabajador y disciplinado, Pero Lope no era como los arrieros comunes. No se embriagaba ni mancillaba su reputación con violencias ni desordenes.
Su capitán de conducta lo apreciaba como a un hijo, y el joven fue creciendo hasta tener un tiro propio de mulas con el que transportaba mercancías de uno y otro tipo, vendiendo y comprando con la idea de acumular suficiente para un día establecerse con una vida tranquila y próspera.El Real de Minas de Santa María de las Charcas fue la tierra que eligió para echar raíces.
Allí su comercio prosperó, y de las pequeñas mercancías y semillas pasó al ganado, hasta llegar a invertir en minas, el objetivo supremo para cualquier hombre de fortuna en la Nueva España.
Con esfuerzo y astucia, amasó una considerable hacienda y clientela, y su nombre comenzó a sonar con respeto y admiración en los círculos de la región. Don Pero Lope Solapa se convirtió en un hombre de influencia y poder.
Su carácter reservado, ahorrativo y serio contrastaba con la fama de desorden y pérdida que rodeaba a muchas minas y reales, descritos por el cronista Arlegui como “Oficinas de Vulcano” donde la desdicha y el vicio abundaban.
Pero Lope, fiel a su prudencia, evitaba la compañía de los disolutos y, en silencio, ayudaba a los necesitados, ganándose un respeto profundo entre la comunidad religiosa y popular. Al llegar a los veinticinco años, su ambición personal lo llevó a buscar un vínculo matrimonial que consolidara su posición social.
Puso sus ojos en doña Leonor de Urbina, hija del propietario más rico de Charcas y sobrina del Alcalde Mayor de San Luis. Con el poder de su palabra y oro, logró conquistarla, y la familia concedió una cuantiosa dote.
Era el paso necesario para alcanzar la estabilidad y la respectabilidad.Sin embargo, la fortuna pronto le daría la espalda. Desastres naturales —granizales, heladas prematuras, sequías— destruyeron sus ganados, cosechas y pastos. Sus minas, esperanza última, se revelaron estériles y sus recursos se agotaron.
Los acreedores, que hasta entonces mostraban una amable cara, se tornaron exigentes y despiadados. Y la mujer amada, que había jurado amor eterno, lo abandonó, dejándolo sin nada, sin un peso ni un amigo.
Así, Pero Lope Solapa sufrió la caída más dolorosa. Despojado de todo, firmó sin protestar la entrega de sus bienes a los acreedores y se marchó del Real, lleno de rencor y deseos de venganza.
No tardó en tomar un camino oscuro: el de salteador de caminos, aprovechando su conocimiento de las rutas y sus artes para castigar a quienes, según él, lo traicionaron.
Reuniendo a un grupo selecto de españoles hábiles en el uso de la espada, formó la banda de “Las Botas Largas”, con la condición férrea de no matar ni herir a los arrieros y carreros inocentes.
Autoproclamado Conde Duque de la Mancha y apodado “Botín Rojo”, comandó por casi veinte años una serie de audaces asaltos por todo el territorio, desde Charcas hasta los límites de Zacatecas, convirtiéndose en el azote temido de los caminos y el más famoso bandolero de la época.
Sus métodos incluían el uso de lobos amaestrados para desbandar los rebaños de bestias cargadas, provocando pánico y caos para facilitar el robo. Ni la Santa Hermandad ni las milicias lograban atraparlo, y sus botines fueron cuantiosos y constantes.
No escapó una sola conducta real con tributos ni mercaderías, y su fama creció hasta alcanzar niveles legendarios.
Finalmente, cansado de la vida de delincuente, Pero Lope decidió ocultar su enorme tesoro en el Cañón de la Hierba Anís, en la Majada Redonda de Ojo de Agua, dejando para la posteridad las indicaciones precisas para encontrarlo en un escrito desde la Penitenciaría de Barcelona, donde fue condenado a muerte por sus crímenes.
En ese documento, fechado el 11 de mayo de 1796, “Botín Rojo” dejó el mapa de su fortuna; un pozo labrado en la roca, un aposento sagrado con cúpulas talladas dedicadas a la Virgen María de Charcas, pasadizos ocultos bajo el agua, cámaras custodiadas por figuras armadas, y montones de monedas, joyas, armas y objetos de valor incalculable, calculados en trece millones de pesos de la época.
El tesoro, advertía, debía ir acompañado de misas en su honor para la salvación de su alma.
La historia del Conde Duque de la Mancha sigue siendo un misterio que alimenta la imaginación y el deseo de aventureros y buscadores de fortuna.
Casi dos siglos después, el tesoro sigue oculto en las profundidades del cañón, esperando ser descubierto y quizás también desentrañar la tragedia humana que yace detrás de la leyenda de Pero Lope Solapa, el hombre que ascendió de humilde arriero a uno de los personajes más fascinantes y oscuros de la Nueva España.

